SAINT MALO

Ayer fuimos a desayunar/comer a Saint Malo, la verdad, es que no soy muy aficionado a los lugares hipster de comida, suelo salir un tanto decepcionado y sin dinero, porque ay cabrón que caro sale ser hipster. Disfruto más comer en lugares como Cenaduria Lupita, donde todo es delicioso y sales a reventar con 50 pesos. Pero aún así comer es algo que disfruto mucho, y por lo tanto me gusta probar y arriesgarme a comer en diferentes lugares, uno nunca sabe, el buen sazón tiene muchas caras y te lo puedes encontrar tanto en los lugares más caros y elegantes, como en los arrabales más culeros.
Y bueno, qué les digo que Saint malo sí me gustó, esta rico el sazón y los sabores muy bien balanceados, la calidad de los ingredientes es excelente y la presentación de los platillos está preciosa, muy bonita. Aunque yo quizá cambiaría las maderas que utilizan como platos para servir los Tartines, que son como una especie de molletes o tostadas de pan con difrenetes preparados encima, y por qué cambiaría los platos, porque aunque se ven muy preciosos los Tartines en sus maderitas, la madera es muy pequeña, es casi del mismo ancho y largo que los Tartines, entonces cuando algo se te cae del Tartine al plato, la realidad es que cae a la mesa o al suelo, pues el plato es tan angosto que no alcanza para salvar lo que se pueda resbalar. Quizá una madera más ancha, o unos platos redondos, quedarían más prácticos.
También, mencionar que es algo caro, 100 pesos en promedio el Tartine, que a mi gusto son pequeños, no es un lugar que recomendaría para ir a comer en serio, es más como para un ten ten pie, un antojito, o para cuando no tienes hambre, hambre, porque con un Tartine al menos para mi, no fue suficiente y tuve que pedir otro, ambos muy buenos, eso no lo pongo en duda, en verdad los disfruté muchísimo, pero sí, cuando llegaron a la mesa lo primero que pensé fue, Verga, con eso no me voy a llenar.
Pedimos también un par de capuchinos, una trenza de pan y una porción de pan de plátano, los capuchinos buenísimos, aunque en tamaño demasiado pequeños, parecían más expreso que capuchino. La trenza deliciosa, pero el pan de plátano, no nos terminó de convencer, tenía un gusto demasiado cargado a clavo y especias, que mataban en mucho el sabor del plátano.
El lugar está precioso, muy armónico, muy tranquilo, un pequeño oasis en la ciudad, perfecto para una reunión de amigos, una tarde de chisme, echar la selfie, el cotorreo y comer rico. La atención es excelente, sobre todo la que yo imagino es la dueña, es una persona súper atenta, que está muy al pendiente de ti como cliente y como persona, te explica bien lo que cada platillo es y como se prepara, de forma muy amable, en verdad se alcanza a palpar que ama su trabajo, que ama lo que hace y que su restaurante, es su sueño, y eso se transmite a su cocina y se manifiesta en sus platillos.
Honestamente es un lugar al que vale la pena volver, y con frecuencia.

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