QUE DIOS NOS AMPARE

-1996 a.F. (antes de Facebook)96aF

Al peso ya se le habían quitado algunos ceros y nos reponíamos de una de las crisis más fuertes que haya atravesado el país. La crisis del 94.

Era una época, en que nuestros padres miraban con temor como nos freíamos el cerebro frente a la televisión y pendientes del riesgo, que según existía de sufrir ataques epilépticos a causa de los colores que emitía la Súper Nintendo. Una generación dónde los Pitufos, Pokemón y los Simpson eran como muchos de los avances tecnológicos “cosas del diablo”. Pues bastaba que saliera algo novedoso para que se lo adjudicaran al maligno. Y yo con mi mente de infante ingenuo no hacía otra cosa al escuchar eso que imaginarme al Diablo en un taller agobiado por inventar cosas.

Honestamente creo que me tocó nacer y crecer en la mejor de las épocas del mundo. Pues fuimos el punto medio, el balance perfecto; pues jugábamos vídeo juegos tanto como salíamos a la calle a jugar bajo el sol.

Manejábamos la tecnología de nuestra época con la misma destreza qué jugábamos al “Changai”. La vida era tranquila y nadie parecía ser alérgico al gluten.

La semana transcurría entre tareas, rodillas raspadas, sopa de fideos y una impaciente espera a que diera la hora para ver Dragon Ball por canal 5… Y una que otra escapada a hurtadillas a las maquinitas de la esquina. Pero había algo más que yo esperaba con ansias, y eso era el momento de escuchar por la radio, la que por aquellos años era mi canción favorita (y que aún hoy sigo escuchando). “Pies descalzos” de Shakira… Para entonces yo tenía unos 8 años y me resultaba muy difícil aprenderme sus letras. La que más trabajo me costaba era la de “Ciega sordomuda” me hacía bolas y me trababa. Pero me gustaba tanto que hacía mi mejor esfuerzo por cantarla al pie de la letra. Todas unas joyas de la música de los 90, llenas de verdad, escritas por un alma pura, con las palabras correctas y un matiz de rima inevidente sin igual.

¿Pero porque es que les cuento de Shakira y sus pininos en la música? pues precisamente fue una canción, una canción de la barranquillera la que me causó una reflexión hoy 2016 a la víspera de mi crisis de los 30.

Pues hace un par de semanas que el vicio por escuchar sus dos primeros discos (“Pies descalzos” y “¿Dónde están los ladrones?”) nos llego como una fiebre a la oficina. Todos los días nos gastamos los tímpanos escuchando sus viejos éxitos. Mi madre desde siempre ha dicho que le parece como escuchar cantar a un borrego… Yo opino que mi madre no sabe apreciar la música honesta.

Y es que hace ya casi 20 años de que escuché “Pies descalzos” por primera vez y me he dado cuenta que en 20 años la sociedad no ha cambiado en mucho. Seguimos aquí tratando de ser felices, de poner apariencias y caretas a nuestras emociones, saludando al vecino por obligación, usando medias delgadas y corbata en las fiestas.

Preocupándonos hasta perder el hambre o el sueño para que la familia no nos piense unos fracasados y aún siguen existiendo mujeres que las consume la angustia de no tener marido antes de los 30, considerando la posibilidad de vestir santos como su destino, por no haber desvestido hombres a su tiempo. La humanidad no ha cambiado en nada a lo largo de 20 años, lo cual me lleva a pensar que quizá no ha cambiado nunca, y que nunca nos vamos a curar de la maldición de poseer un pulgar oponible y un telencéfalo altamente desarrollado, que nos hace diferentes del resto de los animales, que nos hace querer poseerlo todo y no estar satisfechos a la vez con nada.

Y así es como llegamos a estar ahora aquí, a milenios y milenios de haber sido expulsados del paraíso, de haber luchado contra dinosaurios, de sobrevivir al diluvio y a cientos de años de distancia de haber pisoteado la selección natural de Darwin para colocarnos a la cima de la cadena alimenticia.

A mil años de haber destruido los bosques para convertirlos en un mundo exacto de acabados tan perfectos, calculando cada cosa en su espacio y en su tiempo. Tratando de ser “Alguien en la vida” porque con ser TÚ, al parecer no es suficiente. Aquí en este valle de lágrimas buscando una sola cosa. Ser felices.

Y es que siempre vamos a querer más. Más de lo que tenemos, más de lo que podemos tener y más de lo que necesitamos, sin darnos cuenta que hubo una época en la que éramos más felices con menos, donde un palo de escoba vieja era suficiente para armar el “changai” ser felices y ganarte un chipote en la cabeza.

Quizá las cosas no vayan a cambiar en otros 20 años, quizá no cambien en otros 100… Quizá no cambien nunca, pero no intentemos cambiar a la humanidad, intentemos cambiar nosotros, definir que nos hace felices y luchar por ello… Y dejar de luchar por lo que nos venden como felicidad.

Tenemos que aprender a vivir y disfrutar este tiempo limitado llamado vida.

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