OYE CUCÚ, PAPÁ SE FUE

fue

 

Crónica de una tarde cualquiera.

Al llegar a casa esa tarde, no encontré a mi papá en su recámara, tampoco estaba en la sala, ni en la cocina, así que espere unos minutos a ver si aparecía, pero al poco comprendí, que se había ido otra vez.

De nuevo se había escapado de casa, en busca de su libertad, pero como cada vez regresaría en un par de meses, con la cabeza hundida entre los hombros y la mirada de vergüenza clavada en el piso, incapaz de vernos a los ojos.

No es que sea insensible a la situación, era más la falta de sorpresa, la que me hacía actuar indiferente. Pues estaba ya tan acostumbrado a sus huidas como lo estaba a sus retornos, también sabía que cada que regresaba, solo era cuestión de tiempo antes que saliera con pisada de gato hacia la puerta, para escapar de nuevo.

En los días posteriores a la desaparición, mamá haría la misma rutina de cada vez, el primer día su diálogo sería algo más o menos cómo “pues si aquí nadie lo tiene a huevo, ni falta que nos hace el cabrón, siempre hemos salido adelante con y sin el”. Pero con los días de ausencia su libreto iría lentamente cambiando “debe entender que somos familia, que ya nada más quedamos tú, yo y él, debería agarrar el rollo”. Para después pasar a ser la mujer abandonada, la que sufre y extraña al marido escapista, al tiempo se convertiría en la madre detective, la que comienza a hacer preguntas a cuanta persona lo conoce en busca de una pista de su paradero. Para después transformarse en la mujer que llora en las noches, para después ser la madre sobre protectora, en un intento innecesario de llenar el hueco que dejó el ausente. Para finalizar con la madre chantajista, la que a través de obsequios, abrazos, enfermedades y dolencias fingidas buscará obtener información de mi, pues ella sabe que yo sé, donde se oculta el perdido.
No es la falta de un padre la que me preocupa, sufrí quizá en sus primeros escapes, pero me volví indiferente a su ausencia con el tiempo. No es la madre abandonada la que me angustia, ni es el hecho de que ante su ausencia mi obligación como el único hijo vivo, sea la de relevar al perdido, en las labores tanto domésticas, que él realizaba, tampoco me quita el sueño el tener que ocupar su papel de hombre de la casa… Nada de esto me preocupa. O quizá sí lo hace, tal vez todo lo anterior me angustia, pero me rehuso a admitirlo, me niego a aceptar mi dolor. Pero sé que me afecta, lo sé porque estoy apunto de hacer algo que no debería, y lo que estoy por hacer sé que lo volveré a hacer mañana, quizás también lo haga pasado mañana, y lo seguiré haciendo hasta que no recupere la voluntad para detenerme. Pues siempre que alguna pena me aqueja he de buscar eliminarla con comida, hoy serán unos pingüinos marinela, mañana quizá sean dos.

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